A mediados de 2006 decidí hacer un viaje por Europa del Este y llegué a la República de Belarús, la tierra de mis ancestros.
En junio de 1934, mis abuelos paternos junto con sus pequeños hijos (mi padre y mi tía) emigraron hacia la Argentina, desde la entonces Polonia. Mi abuelo tenía cuatro hermanos y mi abuela cinco. Todos quedaron allí.
Yo sabía que aquellos familiares aún vivían en Europa. El problema era que no tenía nombres, direcciones ni fotos, ya que mi familia paterna en la Argentina falleció hace más de 25 años. Sólo contaba con el acta de nacimiento de mi padre y la mi abuelo, escritas en polaco y en ruso, emitidas por una iglesia ortodoxa rusa de la localidad de Dunilovichi. Con esos datos comencé una investigación; el paso fundamental era saber a qué país hoy pertenecían. Finalmente lo logré: pertenecen a Belarús.
Yo había estudiado ruso hacía años, y aunque mis conocimientos son básicos, fue de gran utilidad.
Belarús se independizó de Rusia a fines de 1991 y está situada en el centro de Europa, limita con Rusia en el Este, Ucrania en el Sur, Polonia en el Oeste, Lituania en el Noroeste y Latvia en el Norte.
Fue una aventura, sólo llevaba un mapa de la región, una foto de mi padre y las actas de nacimiento de mi padre y mi abuelo. Arribé al aeropuerto de Minsk (capital de Belarús). Luego de hacer un recorrido por Minsk, con el río Svisloch de fondo, al día siguiente muy tempranito partí hacia Postawy, a 250 km.
Apenas terminada la ruta, frente a mí se encontraba una bellísima iglesia ortodoxa. Miré el cartel que identificaba al pueblo y era la iglesia de los documentos. Fue como en las películas, con la diferencia de que yo estaba metida en ese guión.
Hablé con el cura y le mostré los papeles. Me confirmó que pertenecían a esa iglesia. Le conté que buscaba a mi familia y me indicó el cuartel de bomberos del pueblo vecino de Woropajevo; allí había un bombero con ese apellido.
El bombero me llevó a ver a su padre; yo creí que se trataba de una visión, su cara era idéntica a la de mi padre. En efecto, era un primo hermano. La emoción mutua era indescriptible. Hablábamos, llorábamos, tratábamos en pocos minutos de recomponer la historia de tantos años.
Después de ubicar al resto de los familiares, me llevaron a la casa de otra prima, en la aldea de Keijziki (ver foto). Ahí visité las tumbas de todos mis ancestros y el lugar donde en su momento estuvo la casa de mis abuelos; incluso me mostraron los árboles donde jugaba mi padre, en la aldea de Keijziki.
Por razones de visado, debía dejar el país esa misma noche. Pero en 2007 regresé a la República de Belarús.