El llamado a un call center es una habitual pesadilla de nuestra dependencia tecnológica. Compite con las quejas por quedarse sin batería, no tener señal para el celular o sin posibilidades de una conexión a Internet en un Wi-Fi al paso. Son pecados veniales ante la tragedia de un cajero automático que nos deja sin plata porque se cayó el sistema.
Uno se enoja y cree, equivocadamente, que puede solucionarlo persona a persona. No acepta que está en un mundo monopolizado por el automatismo. Pero me emperré en una batalla que no daba por perdida. Necesitaba viajar sí o sí, aunque estaba justo en el recambio de temporada. Con una oferta muy pequeña en servicios aéreos me orienté hacia los ómnibus que han multiplicado sus frecuencias.
Comencé apelando a Internet, lo que no es sencillo porque hay tantas páginas Web que por ahí no se encuentra nada. Navegué con paciencia y en algunas empresas pude saber hasta la ubicación de los asientos igual que en un vuelo. Lamentablemente la mayoría ya estaban vendidos. Entonces usé el teléfono para intentar entrar en un call center y me sentí un personaje de Lost en el medio de una sinfonía de tonos de ocupado, la cantinela de un momento por favor o la ruleta a dedo de marque tal número , etcétera.
Rendirse, nunca
Finalmente me rendí y fui a la Terminal de Retiro pensando que podría conseguir personalmente lo que la computadora me negaba. Y me encontré con el mismo resultado desolador: no había nada libre, por lo que era lógico que los mostradores estuvieran vacíos. La mayoría de los pasajeros potenciales aceptaba quedarse de a pie y, en un día de calor que se caían hasta los pájaros, se resignaba al veredicto on line. Pero no me rendí.
Al principio busqué entre las compañías más conocidas, pero en el mostrador semivacío me confirmaban lo mismo que había visto en la pantalla de mi compu: todo vendido, igual que en el estreno de un teatro. Entonces probé en el laberinto de las boleterías del sector Centro hasta encontrar una pequeña ventanilla con la fotografía de un coche cama en un vehículo nuevo de una empresa en expansión hacia el Oeste. No buscaba una atención ejecutiva u otros lujos, sino simplemente viajar. Y acerté porque conseguí uno de los tres últimos pasajes, el número 40 en el piso superior, atrás de todo.
Entre el caos, solidaridad
La necesidad incentiva la imaginación y ayuda a tener suerte. Luego temí que la fortuna me hubiera abandonado porque en la noche de la partida había dos servicios separados sólo por un minuto e ignoraba si tenía que ir al andén 27 o al 36 entre una maraña de gente. Había que estar atento a los llamados por los parlantes en una plataforma llena de bultos y chicos, sin lugar para sentarse a esperar. También las pantallas daban indicaciones de salida, pero era tanto el tráfico que desbordaba el monitor y fue inestimable la ayuda del personal de seguridad.
Es increíble la capacidad de la buena voluntad porque, a pesar del caos, la gente se organizaba espontáneamente para despachar su equipaje y subir hasta su ubicación sin morir en el tumulto. Me llamó la atención que al llegar mi ómnibus estaba yo solo. ¿Y los demás? La explicación vino a su tiempo siguiendo un camino paralelo a las vías del ferrocarril Sarmiento. Porque el coche levantó pasajeros primero en Liniers, luego en Ramos Mejía, después en Morón y otra más cuando ya me entraba sueño. Desde mi ventanilla, como un balcón, me asombraba la riqueza de la imaginación para improvisar soluciones. Todas eran terminales sui géneris frente a las cuales Retiro parecía el Aeropuerto Charles de Gaulle en París. Algunas tenían entradas para vehículos, pero la mayoría competía con el estacionamiento de los particulares que venían a despedirse, agencias de remises y un sinnúmero de bares en dulce montón.
En una sociedad donde para cada solución creamos un problema, era estimulante el ejemplo contrario. Y pensando en esto, me quedé dormido soñando que el c all center era una versión informática del Gran Buenos Aires y sus ómnibus, en este caso con un final feliz.