Cuando emprendí el viaje a Sudáfrica, cuatro meses atrás, no podía imaginar las enseñanzas, aventuras y enamoramientos que esa tierra me deparaba.
La sociedad de ese país está atravesando un fuerte período de reintegración, en el que se contemplan la mayor cantidad de beneficios para la población negra, como nunca antes había gozado. Con estrictos sistemas de control que el Estado ejerce sobre las empresas, se intenta equiparar una situación de desigualdad que, aunque presente desde los orígenes, se acentúo en los últimos años del apartheid.
A 15 años de la abolición de la segregación de razas, una pujante clase negra se entremezcla con sus pares en universidades, oficinas, gobiernos, complejos deportivos, iglesias, parques, restaurantes, e incluso familias. Los sudafricanos (negros, blancos y coloured) son hoy los actores que cumplen el rol de velar por el derecho a la paz social y demostrar al mundo desde sus tierras cómo se puede convivir integradamente sin discriminar, ni entre los hombres ni a nuestra Madre Tierra. Cualquier visitante podrá percibir esa historia y el respeto por la ecología como una vital enseñanza.
Es menester mantener un comportamiento de sumo respeto entre las personas, cualquiera que sea su clase social o cargo ejecutivo, su aspecto o su historia pasada. Las agresiones verbales son armas que desatan guerras entre clases sociales.
Si no fuera por la pobreza y la inseguridad, Sudáfrica sería un paraíso y ofrecería las mejores condiciones de vida. Una naturaleza muy bien preservada y una fauna exclusiva que se explayan por toda su región.
Su clima es especialmente cálido en toda la costa y muy acogedor hasta en las ciudades más céntricas. Una música y un ritmo contagioso invitan a bailar a cada instante. Comidas, bebidas y vinos con sabores y aromas frescos y tentadores se degustan tanto en casas como en bares simples u opulentos.
El tránsito es ante todo respetuoso y cauteloso. La infraestructura no excluye ningún estilo y se caracteriza por la amplitud de los espacios. Hay idiomas y dialectos incontables. Arte y moda abundan en cada calle, cada oficina, cada mujer, cada institución, y se venera sobre todo la libertad de creación.
Es un tierra rica en recursos naturales, capital social y paisajes irrepetibles, que forman el mejor escenario para enamorarse de la vida... y, sin duda, para disputar la Copa Mundial de Fútbol 2010.