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Filosofía de café, a 10.000 metros del suelo

Hace unos meses, en un vuelo nocturno a Estados Unidos me tocó un compañero de asiento con ínfulas de filósofo aeronáutico. A diez minutos de haber despegado me torturaba con reflexiones larguísimas sobre lo efímeros que somos a 10.000 metros y otras frases de ese calibre. Sólo después de unas horas sin pegar un ojo, o quizá por eso, sus observaciones empezaron a parecerme tan geniales como delirantes.

Filosofía de café, a 10.000 metros del suelo"Vea -proclamó el pensador contemporáneo-, el avión es una metáfora de la sociedad, una versión resumida y con sus mismos vicios. Cuando uno ingresa, todo está ordenado, las almohadas en su lugar, las revistas en el respaldo del asiento; cuando uno se baja, deja atrás poco menos que un chiquero; los baños sucios, las frazadas tiradas y los auriculares rotos. El hombre es el lobo del hombre; lo dijo Hobbes, y en el avión se nota más."

Me quedé pensando cómo alguien tiene la capacidad de relacionar a Hobbes con un avión, y enseguida me vino a la cabeza una frase de Martín Caparrós. En su último libro, Una luna , el autor define ese curioso pasaje de un estado a otro del trayecto como "la degradación de la cabina del avión de largo recorrido: empieza fresca, limpia, clara, para acabar en este establo mal dormido".

A falta de Caparrós, seguí escuchando a mi vecino: "Pasan muchas cosas extrañas acá arriba. Esto es una sociedad, mi viejo: hay clases sociales, separadas por un límite tan fino como una cortina; comemos y dormimos cuando nos lo indican -de hecho las luces se apagan a una hora determinada, como en las barracas de un campo de prisioneros-; tenemos momentos asignados para movernos por el pasillo y una voz superior, el comandante, nos habla de vez en cuando para darnos datos sobre los que no tenemos ninguna injerencia, como que estamos a 10.000 metros y a una velocidad de 950 kilómetros por hora. ¿Qué podemos hacer nosotros con eso?"

Siendo las 2 de la mañana, y con una película malísima de fondo, profundizó en una teoría muy particular sobre los pilotos: "Existen dos clases de pilotos: están los que son parcos y no hacen anuncios a bordo y los que hablan todo el tiempo, contando cosas como que volamos arriba de tal país o que en unos minutos se sirve la cena. A mí me gusta cuando un piloto es conversador porque, como tengo miedo al avión, la voz me tranquiliza, es como si me cuidara. Pero hace unos años, en este mismo tramo, me tocó uno que era un poco tartamudo y su dificultad para hacer los anuncios me intranquilizó; hasta tuve la fantasía de que, al igual que con las palabras, se iba a trabar a la hora del aterrizaje."

A esa altura de la noche me pareció que mi compañero estaba completamente loco, pero seguía sin poder dormir y escucharlo era el mejor programa. Sus últimas reflexiones, antes de abandonarme a un sueño con turbulencias y con un bebe llorando en el asiento de adelante, fueron tal vez las más acertadas: "En el avión la gente está apurada por ir a todos lados. Primero, en la puerta de embarque, cuando se llama a los que tienen sus asientos entre tal y tal fila, todos se arremolinan para subir primeros. Lo mismo al bajar: las azafatas piden que nadie se levante y la mayoría empieza a sacar sus cosas del portaequipaje y a hacer la cola en el pasillo, ansiosos por abandonar el establo en el que se ha convertido esa pequeña sociedad de doce horas".

"Creo que en el fondo los pasajeros están de mal humor por sentarse ahí tanto tiempo. Cuando suben y los obligan a apagar sus celulares sucede algo curioso: quedan completamente aislados del mundo exterior. Y eso los saca de quicio. Es lo que yo llamo la cesión de derechos aeronáuticos : uno se rinde con fe ciega a la tecnología que hace posible que ese aparato suba al cielo. El piloto es Dios; las azafatas son los ángeles. Y uno debe ser respetuoso con ellos y ponerse serio durante las instancias importantes del vuelo, como el despegue y el aterrizaje. Si se fija, en esos momentos la gente se queda callada, respetando la tarea del comandante."

Hasta ahí llegué. Vencido por el sueño, ya no me importaron los gritos del bebe de adelante. Unas horas más tarde, después de tomar el desayuno, el piloto hizo un anuncio que me puso los pelos de punta: "En unos mi-minutos estaremos ate-te-rrizando en el aeropu-puerto de J. F. Ke-kennedy". Miré a mi compañero, el filósofo aeronáutico, que completamente asustado me dijo: "¡Abróchese bien el cinturón, mi amigo, que este tipo no sabe aterrizar!".

Publicado por José Totah / 21 de noviembre / 2.41 AM

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