Recorrido por la historia, los colores y las tradiciones de Bolivia, pero a paso tranquilo.
El Altiplano boliviano y el del Tíbet se parecen mucho. Son destinos seductores, exóticos, inolvidables. Buenos Aires está a sólo 2242 kilómetros de La Paz. En cambio tenemos 19.942 kilómetros para llegar a Pekín, China, donde tomaríamos el tren de lujo último modelo a Lhasa para un viaje de otros cuatro mil kilómetros.
Me parecen caminos concurrentes para tener en cuenta por sus parecidos en geografía y clima, y la dificultad para acceder a la espiritualidad profunda de su gente, un retrato del alma que desborda los recuerdos acumulados en una fotografía.
Estamos en la cordillera de los Andes, con vivencias históricas de lo que fue territorio común en nuestro virreinato en tiempos de la colonia española. En Potosí nacieron Cornelio Saavedra y Juana Azurduy, que hablaba castellano, quechua y aimara, que luchó por la Independencia junto a Belgrano y Güemes, y a quien Félix Luna y Ariel Ramírez le dedicaron la cueca La Flor del Alto Perú, que inmortalizó Mercedes Sosa. Ella murió en Chuquisaca, hoy Sucre, capital de Bolivia, que antes se llamo La Plata o Charcas.
Aceptar la diferencia
Estamos a 2800 metros de altura, todavía menos que La Paz a 3649, sin olvidarnos que el aeropuerto de El Alto, nunca más apropiado el nombre, está todavía 500 metros más arriba. Lo conocí hace algún tiempo y aprendí enseguida a perder el apuro, caminar despacio y paladear el paseo mientras la respiración se iba adaptando al aire puro del techo del mundo.
Entonces no se hablaba de la importancia de la lentitud a la hora de comer o vivir. Acepté la dificultad de nuestros futbolistas para jugar allí (y la última goleada). Y al mismo tiempo que tampoco para bolivianos, ecuatorianos, mexicanos, no es fácil jugar a la altura del mar en Buenos Aires, Río de Janeiro o Montevideo. Esta simple aceptación de las diferencias, de ponerse en el lugar del otro saliendo un poco del monopolio del yo , es uno de los regalos del viaje por el Altiplano.
Un rico surtido
En el Oeste también está el lago Titicaca, diez veces más grande que nuestro Nahuel Huapi, y no muy lejos el desafío para los esquiadores con la pista de Chacaltaya a 5580 metros o el singular Carnaval con las diabladas de Oruro.
Y en especial, en mi caso que soy más viajero de ciudades, La Paz con sus mercados populares donde pueden alimentar la fertilidad creadora de la moda en todo el mundo. Sus prendas de lana de llama, alpaca, vicuña, hechas a mano son excepcionales por su calidad y precio. Tanto que se venden en Londres, Nueva York, Buenos Aires o el ciberespacio por medio de Internet, porque aunque se hable en dólares se vive en pesos bolivianos.
En el mapa aéreo de las ciudades, en Google se traza un recorrido de sus mercados populares en las cercanías de la iglesia de San Francisco o frente a la plaza de Los Héroes. La palabra más constante que oímos es awayo , que en aimara significa pieza de tela para muchos usos. Como el loden en Austria es un tejido. Entre los puestos vemos sobre un mantel o colcha desde chales, pañales para criaturas hasta gorros, fajas, bolsos y carteras (chuspitas).
El surtido es rico y colorido como el arco iris de las ropas de las vendedoras.
Si bien nos detuvimos en la altura del Oeste, también hacia el Este Bolivia abunda en atracciones igualmente intensas y diferenciadas. Desde Cochabamba que se gana el título de Ciudad Jardín y el paraíso tropical con la frontera de Brasil que rodea a la ciudad de Santa Cruz de la Sierra.
Y nadie olvida sus ventajas en estos tiempos en que hay que buscar un turismo accesible ( affordable) porque el bolsillo sigue siendo el órgano más sensible a la hora de hacer un presupuesto para traslados, comidas, compras. Es útil consultar en Internet www.embajadadebolivia.com.ar/turismo/acceso.htm
Aunque lo que más vale no tiene precio, y es la propia experiencia que está a nuestro alcance porque es más fácil de hacer que de pensar.