En algún tiempo remoto viajar en avión era, entre muchas otras cosas, una oportunidad única para desconectarse de todo y de todos.
Las horas de vuelo, la incomodidad, incluso la aversión a las alturas tenían como contraparte un beneficio (y consuelo) insoslayable: para muchos pasajeros, el viaje en avión representaba un raro momento de desconexión total y relax, sin comunicación y sin casi nada que hacer. Vale insistir: a pesar de las limitaciones de espacio o de la calidad de ciertos alimentos o de todos los peros conocidos y sufridos en los que la mayoría viajera coincidiría.
Hoy, en cambio, un trayecto de medio día sentado de cara a un respaldo podría resultar sorprendentemente corto. Y todo gracias al (o por culpa del) cada vez más común sistema de entretenimiento de a bordo a demanda.
Tomemos como modelo un vuelo en clase turista de Buenos Aires a Toronto, con escala en Santiago, Chile; 13 horas, o un poco más. A diferencia de la antigua modalidad consistente en exhibir películas por pantallas generales y en momentos determinados, en este avión, como en muchísimos otros, los pasajeros de la base de la pirámide aerocomercial disfrutan de aquello reservado, hasta hace no tantos años, a la elite de business para arriba: pantalla individual y una cantidad absurda de films, programas de televisión y discos para consumir durante el viaje.
Es en ese sentido que el salto de un extremo al otro del continente puede resultar un paseo. De hecho, los primeros minutos pasan rápido sólo con la elección de la primera película por despachar. Gana la nueva de Woody Allen, Whatever Works, porque el protagonista es el genial Larry David y porque (qué snob) todavía no se estrenó en la Argentina. Pero hay muchos otros finalistas con interesantes propuestas, que habrá que mirar a su turno: ¿Qué pasó anoche? (la de la luna de miel en Las Vegas que termina mal); el documental Art & Copy, sobre grandes publicistas norteamericanos; Year One, la más reciente con el casi infalible comediante Jack Black...
Pero después de dos o tres largos al hilo se necesita algo de descanso. Qué mejor entonces que ir a la sección de televisión de la pantalla, donde se pueden seleccionar unos cuantos episodios de la serie de HBO In Treatment o de la versión norteamericana de The Office, entre muchísimo más. O por qué no aflojarse un rato con el Caveman, uno de los jueguitos que no saben de exclusividades y están presentes en las consolas de varias aerolíneas. Tanto que uno ya se sienta en su butaca esperando que allí esté el cavernícola amigo, listo para correr esas molestas rocas...
A todo esto, también hay que comer. Y para aliviar un poco la vista habrá que escuchar alguno de los cientos de discos almacenados en el sistema por un selector infinitamente más refinado que aquellos viejos compiladores de lo más obvio del rock mainstream, el jazz de Big Band y el easy listening que parecían trabajar hace años para las aerolíneas. Se ve que ahora las compañías recurren a verdaderos melómanos. ¿Cómo se explica si no la presencia del atemporal clásico hippie-psicodélico Forever Changes, de Love; del imprescindible Zuma, de Neil Young; del último de Bob Dylan, o de una auténtica rareza en vivo de la francesa France Gall (ganadora del concurso de Eurovision en los años 60 con Poupée de cire, poupée de son).
Es difícil decidir por dónde empezar... Pero, en todo caso, la buena noticia es que mientras suenan los himnos californianos y sesentosos de Love se puede hojear sin problemas el directorio del sistema de entretenimiento, la revista de la aerolínea y el catálogo del duty free.
De los cuatro tipos que habían llegado a Las Vegas para vivir la gran despedida de solteros, sólo tres se despiertan al día siguiente en la habitación del hotel-casino. Falta el novio y nadie recuerda dónde pueden haberlo dejado ni nada de lo que ocurrió la noche anterior. En el baño hay un tigre.
Cuando los sobrevivientes apenas empiezan a atar cabos, el comandante de a bordo ordena encender las luces del avión e interrumpe el sistema de audio y video para anunciar que empezamos a descender sobre Toronto. El intrigante final de ¿Qué pasó anoche? quedará pendiente hasta el vuelo de regreso. Viajar en avión nunca fue tan estresante.
Publicado por Daniel Flores / 14 de noviembre / 4.32 AM