El sonido del mar en la costa bonaerense, soundtrack oficial de los mejores recuerdos.
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Para un chico criado a palier, como la mayoría de los que crecimos en las ciudades, conocer el Mar, así con mayúsculas, es lo más parecido a hacer el amor mucho antes de conocer el sexo. Horizonte abierto, porque enfrente está Sudáfrica, la saliente del Cabo Corrientes que ya conoció don Juan de Garay vive bajo el flujo y reflujo de un mantra interminable mientras el viento nos golpea la cara y nos sentimos capitanes intrépidos con sólo mojarnos los pies.
Las olas enormes que rompen con fuerza dejando su enagua de encaje en la arena, la energía vital que nos contagia, se convierten en la gran tentación con solo pensar en la costa. El paralelo erótico no es casual y por eso era habitual en el cine usar estos símbolos cuando había películas prohibidas para los menores (que hoy miran Nueve semanas y media en un pijama party).
Bastaba poner la oreja en un caracol de los grandes para escuchar esa música funcional del verano, que no ha cambiado aunque ahora llevemos un MP3 prendido en la oreja y un celular en el short como un cowboy que espera un mensaje de texto a la hora señalada. Y no volvemos sin alfajores.
Las costumbres cambiaron y seguirán cambiando. Un bikini se hace con menos tela que un pañuelo o una curita, y basta el hilo dental para una tanga con una estrella de frente para el baile del caño. Hay tanta piel al descubierto que no llama la atención, igual que en un balneario nudista donde hay que usar un sombrero para hacerse notar. Además las mujeres, y por supuesto cada vez más los hombres, están en otra, más cercanas al Narciso de las pantallas de protección que a la seducción persona a persona. Todas/os se preparan para luego, para la noche. Es como estar en un gimnasio o entre los secadores de una peluquería.
Cada destino tiene sus propias características y en la diversidad está el gusto. Mar del Plata se transforma en la Capital Federal del verano. Incluso antes de llegar porque sentimos el gusto a sal con las primeras medialunas de Atalaya, en Chascomús. La gente busca la gente y la encuentra, porque el repertorio es amplio y divertido a la hora de comer, pasear o ir al teatro para ver en vivo y en directo a las figuras de la tele. Aunque no tenga dónde estacionar, se queje de no conseguir entradas y las caravanas con sombrilla en el capot le recuerden a la Panamericana o cualquier autopista congestionada.
En otras épocas se repetía que era angosta la ruta 2 o que no pavimentaban la ruta 11 para que la Ciudad Feliz no tuviera competencia. Una tontería porque es al revés. A partir de la bravura en común del Atlántico y la diversidad de sus playas y bosques, de núcleos grandes o pequeños, se abren posibilidades y surgen nuevos destinos al lado de los tradicionales.
Juego para sumar y no para restar. Es un menú al gusto de cada familia, porque es un tema familiar, aunque los chicos quieran veranear solos..., siempre que los padres paguen la cuenta.