El actor vivió en Washington, entre familiares y cámaras de seguridad.
Por algún extraño destino, mi vida estuvo desde un principio ligada a la ciudad de Washington. Todo comenzó cuando yo era muy chico, tendría unos 7 años, y mis tíos con mis tres primos se fueron a vivir allá. Mi tío iba a trabajar a la OEA y yo perdí a mi primo favorito. Digamos que en Estados Unidos, si sos actor vivís en Nueva York o Los Angeles, y si sos abogado o algo relacionado con el mundo de la política o los negocios estás en Washington.
Después de 15 años sin verlos, en 1992 me invitaron al Festival de Cine de la OEA por Tango feroz. Así que viajé y los puede ver gracias a la película.
Unos cinco años después fui a Los Angeles a filmar La noche del coyote, y de regreso pasé por Washington para visitarlos. Esta vez conocí a mi actual mujer, María Amelia, que unos meses más tarde se vino a vivir a Buenos Aires.
Después nos casamos y terminamos viviendo en Washington como un año y medio. Como su familia vivía allá y su padre no podía viajar por problemas de salud viajamos en plan de luna de miel, la fuimos estirando y nos quedamos.
En mis primeros viajes me resultaban bastante sorprendentes los monumentos y edificios emblemáticos de la ciudad, como el Capitolio -que alberga a la Cámara de Representantes y al Senado de Estados Unidos-, la Casa Blanca y el Monumento a Washington, un obelisco hecho de mármol blanco de 185 metros. Justamente, lo que más me impactaba de esos lugares era que los reconocía por haberlos visto alguna vez en películas relacionadas con temas de gobierno y thrillers políticos.
Además, Washington es la única ciudad de Estados Unidos donde la entrada a todos los museos es gratis. Desde el Museo Nacional del Aire y del Espacio -donde se exhiben aviones históricos, naves espaciales originales, cohetes y aeroplanos- hasta el Museo Nacional de Historia Natural, el Museo Nacional de Historia Americana, la Galería Nacional de Arte, el Jardín Escultórico Hirshorn y el Museo del Holocausto, la ciudad está repleta de ellos.
Una vez que llegamos fuimos a la casa de mis suegros, que vivían en las afueras de la ciudad, cerca de un parque enorme donde tiene su sede el FBI. Así que salía a caminar mucho por ahí, aunque como el lugar estaba lleno de cámaras tenía la extraña sensación de ser observado todo el tiempo.
En realidad, nunca nos propusimos vivir un año allá, pero como venía de trabajar mucho en teatro y en la tele al mismo tiempo, me sirvió para parar un poco y dedicarme a escribir un guión que había empezado en Buenos Aires y nunca encontraba el tiempo para terminar. Así que el año que vivimos allá no salía mucho de paseo, sino que pasaba mucho tiempo encerrado escribiendo. A veces íbamos a Georgetown, la parte más vieja de la ciudad, no mucho más que eso.
Si bien me resulta fascinante viajar, no tengo mucho esa tendencia y en general he viajado más por trabajo que por placer. La verdad es que no se me ocurre muy seguido salir como turista. Soy una persona bastante arraigada y cuando estoy un tiempo afuera extraño mi casa. Por eso nunca pensé que terminaría yendo a Washington tantas veces en mi vida, y menos que me quedaría a vivir allá por un año, pero así fue. Como una casualidad, si es que las casualidades existen. Algo bastante extraño.
Por Fernán Mirás
Para LA NACION
El autor es actor. Por estos días protagoniza el film Horizontal vertical, de Nicolás Tuozzo, junto a un importante elenco.