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Un tour espiritual por templos ortodoxos

En la capital rusa hay una iglesia a cada paso, de manera que es imperdonable no visitar alguna en un recorrido por la ciudad. Si es en misa, mejor.

Un tour espiritual por templos ortodoxos MOSCU.- Era nuestro primer viaje a la capital rusa. Con mi mujer estábamos en una gélida mañana de invierno de 1993 en la hermosa e inmensa Plaza Roja. Con todo el cielo encapotado, y con un termómetro que marcaba los -20°C, era previsible una nevada cercana. Dicho y hecho. Comenzaron a caer gruesos copones que en 10 minutos nos habían convertido en muñecos de nieve.

Caminamos unas cuadras buscando refugio y nos metimos en un callejón. Vimos una iglesia abierta y entramos. Era la catedral del monasterio ortodoxo de la Epifanía, en la zona de Kitai Gorod. Se estaba celebrando la misa. La primera a la que asistíamos en suelo ruso. Nos sacudimos la nieve como pudimos y nos quedamos. El incienso nos envolvió y los hermosos cantos hacían de bálsamo para nuestros huesos entumecidos. Las abuelas -babushkas- con la cabeza cubierta y los hombres de todas las edades se persignaban repetidas veces, y luego se inclinaban. Los fieles se acercaban con unción a besar los iconos. Fue un momento mágico para nosotros.

Pasaron quince años y en mi cuarto viaje a Moscú estaba un sábado a la tarde solo, luego de haber cumplido una extensa visita a los salones del Museo de Arte Alexander Pushkin. Quise repetir esa experiencia vivida hace tres lustros y regresar a la misma catedral. Me perdí. Ya estaba oscuro y sin querer llegué a una hermosa iglesia. Sólo éramos dos o tres feligreses presentes en la misa. Pero al lado izquierdo del iconostasio había un coro de diez hombres y mujeres cantando la liturgia de San Juan Crisóstomo, de Sergei Rachmaninov, como supe después. Los bajos profundos se hundían en mi carne. Las voces de las mujeres marcaban un sufrimiento angelical. Pensé que me había equivocado de iglesia, pero no me arrepentí. Al salir me fijé el nombre del templo en una placa. Era la catedral del monasterio de la Epifanía. Los años pasados jugaban conmigo y no la había reconocido. Si quieren visitarla está a unos pasos de la estación Ploshchad Revolyutsii, en Bogoyavlenskiy pereulok 2.

Es imperdonable un recorrido por cualquier ciudad de Rusia sin visitar un templo ortodoxo. Si es en misa, mejor. El alma eslava está inextricablemente unida a la religión. Las iglesias centenarias con sus frescos descoloridos, iluminadas a veces tal vez sólo por la parpadeante luz de las velas frente a los iconos, la cara de los fieles, el rito que viene de tiempos inmemoriales, todo crea un momento de profundo misticismo.

Moscú es una ciudad en que a cada paso podemos encontrar una iglesia. Las cúpulas doradas acebolladas son como faros entre una urbe cosmopolita que se moderniza a pasos capitalistas. Desde los tiempos de la perestroika se han reabierto al culto cientos de santuarios y monasterios. A cualquier hora y día de la semana encontramos una capilla en oración. Atrás quedaron las épocas en que los templos que habían sobrevivido la tempestad de 1917 sólo permanecían clausurados o como edificios dedicados a elogiar los beneficios del ateísmo.

Siglos de fe
Si comenzamos nuestro tour espiritual por Moscú desde la Plaza Roja, aquí mismo tenemos dos exponentes destacables: las catedrales de San Basilio o de la Intercesión -reproducida hasta el cansancio en cualquier folleto turístico de Rusia- y la de Kazán, copia fiel de un templo demolido en 1936 y reconstruido entre 1990 y 1993.

Para entrar en la catedral de San Basilio hay que pagar 150 rublos. Ordenada su construcción por el zar Iván el Terrible y finalizada en 1561, sus nueve pequeñas iglesias y capillas, con los domos acebollados y las naves interiores, parecen recordar la laberíntica mente de su principal benefactor. Según la leyenda, cuando la vio terminada quedó tan maravillado que no quiso que su arquitecto volviera a levantar un edificio que pudiera igualarla y lo hizo cegar. Mito o no, el edificio representa un modelo típico de la arquitectura rusa del siglo XVI. Sus interiores con azulejos, trabajo en piedra y el dorado de las capillas a veces se despiertan de su letargo con el canto de coros religiosos de cuatro o cinco integrantes. Está abierta de 10 a 17 y tiene un sitio oficial, www.shm.ru/pokrovskiy.html , aunque está en ruso.

Si se desea visitar la catedral de Kazán, en el otro extremo de la Plaza Roja, no hay que pagar nada. Está abierta al culto. Como en cualquier lugar sagrado hay que seguir ciertas normas de respeto: no hablar fuerte y no sacar fotos con flash. Además, las mujeres se deberán cubrir la cabeza -en la entrada hay pañuelos de uso libre- y los hombres sacarse los gorros. La catedral de Kazán original había sido construida en 1637 y destruida durante el comunismo. Cuando se reconstruyó y reabrió hace quince años asistió el entonces presidente ruso Boris Yeltsin y el patriarca ortodoxo Alexis II.

En el centro del poder
El Kremlin moscovita ha sido durante siglos la sede del poder terrenal de los zares. Hoy ahí están las oficinas del presidente ruso. Pero también allí se levanta un conglomerado de exponentes de lo mejor de la arquitectura religiosa rusa y con más simbolismo. Los turistas entran por la torre de la Trinidad, la misma que utilizaron Napoleón y sus tropas cuando llegaron aquí en 1812.

Para ingresar en el Kremlin y visitar la plaza de las catedrales hay que abonar 350 rublos. La página oficial, en inglés y ruso, es muy completa y ofrece información actualizada de las exhibiciones especiales. Está en www.kreml.ru/main_en.asp

Son varios los templos por visitar. Uno de ellos es la catedral de la Asunción -Uspensky Sobor en ruso-, donde antiguamente eran sepultados los patriarcas de la Iglesia Ortodoxa Rusa. Para destacar, su iconostasio que data de 1652, el trono de Iván el Terrible (o trono de Monómaco) y el asiento de los patriarcas.

Enfrentada a la anterior, la catedral del Arcángel. Este era el sepulcro de los zares y zarinas desde 1340 hasta la llegada de Pedro el Grande, que dispuso que las inhumaciones se realizaran en San Petersburgo. Aquí yacen los restos de uno de los autócratas más despiadados, Iván el Terrible, y de su heredero Iván Ivanovich, asesinado por él con su cetro en un momento de descontrol. El padre le partió la cabeza al hijo.

Los frescos, los interiores de su cúpula central, los féretros tallados, son uno de los puntos destacados que podemos ver en esta iglesia mandada a construir por Iván III e inaugurada en 1505.

La catedral de la Anunciación, otro de los principales centros de culto del Kremlin moscovita, fue construida -a diferencia de las dos anteriores que las hicieron arquitectos italianos- por maestros llegados de la ciudad de Pskov. Se atribuyen la pintura de su iconostasio, entre otros, a los geniales T

Por Manuel H. Castrillón
De la Redacción de LA NACION

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