Llovía. Desde Gare St. Lazare partió el tren hacia Vernon, a medio camino entre París y Le Havre. Pronto comenzamos a disfrutar de una campiña verde y tranquila. Apenas lloviznaba entrando en Normandía. Al llegar al pueblito de Vernon, un guía de la Fundación Claude Monet nos dirigió al bus que nos llevó al villorrio de Giverny, para visitar la casa-museo del pintor. La serenidad del lugar impresionaba.
Nada hacía suponer que estábamos a sólo una hora de París.
En esta bella casa y jardín, el pintor vivió desde 1883 hasta su muerte, en 1929. Nada falta, nada sobra. Absolutamente todo está armoniosamente dispuesto. Comenzamos a recorrer el parque asimétrico y exótico. Ya apenas chispeaba.
Hay equilibrio en el color y las flores nos abrazan. Se destacan los iris, las amapolas, los corales y detrás, las dalias, azaleas e hibiscus. Increíble el encanto apacible del prado y el estanque que se alimenta del río Epte, que corre muy cerca de allí. El agua tiene brillo y la brisa le da movimiento. Los nenúfares nos vigilan, nos observan. ¿Quién no recuerda un panel de ninfeas de Claude? Los pintó en casi todos los colores y momentos del día. Descubrimos el famoso puente japonés con sus glicinas y no muy lejos el bote, tantas veces inmortalizado en sus telas. Dejó de llover.
Seguimos por los senderos de exuberante vegetación que alguna vez Monet recorrió con sus compañeros: Cézanne, Renoir y Matisse. Uno se siente partícipe y dan ganas de quedarse para siempre.
Ya el sol brilla con esplendor. Entre esa paleta encandilante se asoma la bien conservada casa de paredes rosa viejo, que aún mantiene ese momento eterno de la vida cotidiana. Sus ambientes vibran como la naturaleza afuera. La sala de lectura en celeste pastel con acentos en lavanda da paso al brillante, de paredes amarillas que armonizan con la vajilla de Limoges, que posa sobre la mesa como invitándonos a compartir un grato momento. Es tan cálido que se adhiere como una hiedra.
El azul de la cocina es como el cielo de verano cuando el calor se hace sentir. La escalera nos conduce a la planta alta. Allí el dormitorio de Claude, sencillo y señorial, casi suntuoso. El de Alice, su segunda mujer, muy austero, sobre un suave fondo verdoso. Visitamos todos los rincones de la casa y su inmenso atelier, donde hoy funciona la boutique de los recuerdos.
Caminamos por el silencioso pueblo que no parecía real y partimos en el ómnibus pensando en volver.