Llegué a Quebec, junto con mi marido y mi hermano, alimentada por las maravillosas referencias de quienes la habían visitado. Y nos encantó; nos sentimos como si estuviésemos disfrutando en vivo de un capítulo de un libro de historia.
La ciudad queda a 250 kilómetros de Montreal y a 730 de Toronto, Canadá. Es la capital de la provincia de Quebec, la más extensa del país.
Arribamos en tren, en el Via Rail Canada, un viaje precioso y distendido. Lo primero que llamó nuestra atención al llegar fue el idioma, es el imperio del francés.
La ciudad fue testigo de la batalla librada en 1759 en los Llanos de Abraham donde se selló el destino de Nueva Francia, cuando las tropas inglesas derrotaron a las francesas y tomaron la ciudad de Quebec dejando a su espalda la Ciudadela (La Citadelle), que aún hoy constituye una base militar canadiense y es, a su vez, residencia secundaria del gobernador general de Canadá. Finalmente por el Tratado de París (1763), Francia cedió formalmente la zona a Gran Bretaña.
La ciudad de Quebec nos esperaba para asombrarnos. La muralla que la rodea fue construida en el siglo XVIII para defenderse de posibles ataques que nunca llegaron. Su centro histórico, que recibe el nombre de Vieux-Québec, fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1985.
De esta forma la ciudad queda dividida en dos: la parte situada en la cima de los acantilados se denomina Haute Ville (Ciudad Alta), mientras que a sus pies, entre los acantilados y el río San Lorenzo, se ubica la Basse Ville (Ciudad Baja), que es moderna y contemporánea.
Entre sus principales atractivos cuenta con uno de los más lujosos hoteles reconocidos en el mundo, el Château Frontenac; el que alguna vez auspició de casa del gobernador es hoy un hermoso palacio convertido en hotel boutique.
De noche vale la pena cenar en la peatonal a la entrada de la ciudad amurallada, donde se puede disfrutar de la gastronomía típica francesa, como fondue y pescados. Los carruajes tirados por caballos recorren las principales atracciones de la ciudad día y noche, aun en días nevados, ¡con temperaturas bajo cero!
La ciudad inspira romance. Sus calles angostas, sus restaurantes para cenar a la luz de las velas, sus palacios y carruajes, todo conspira para el pleno goce; ideal para disfrutar con buena compañía.
Nunca me olvidaré de aquellos días en Canadá y menos aún de aquella ciudad que me albergó para hacerme sentir como una protagonista de un cuento de hadas.