Sólo durante una noche, un masivo evento de arte urbano es la oportunidad ideal para conocer lo mejor de esta ciudad eminentemente creativa y diversa.
TORONTO.- Nada como llegar en lo mejor de la fiesta, como entrar en escena en el momento del clímax. ¿Qué otra cosa se podría sentir al caminar por primera vez por esta ciudad, el sábado último, justo cuando un globo de Jeff Koons flotaba en el shopping Eaton Centre, la Torre CN se iluminaba como un flipper desbocado y un millón de personas tomaba las calles del centro?
Nada como llegar a Toronto a tiempo para vivir la Nuit Blanche.Réplica del evento anual con el mismo nombre en París, la Noche Blanca de Toronto es un acierto: cada edición atrae a más gente, y en su cuarto año consecutivo acaba de juntar más de un millón de personas.
Durante el verano, la ciudad más grande de Canadá vive de festival en festival, con especial protagonismo de las más de 140 colectividades que la convirtieron en uno de los lugares más diversos étnicamente en el mundo. Organizada por el gobierno de la ciudad, la Noche Blanca, en cambio, marca el fin del calor (hace bastante frío, aunque algunos canadienses circulen en bermudas y remera) y se transformó de algún modo en el festival de festivales, por convocatoria y despliegue. Su área de influencia se extiende por tres zonas más o menos céntricas; en cada una se ubican quince instalaciones o intervenciones oficiales (curadas y financiadas por la producción), más unas tres decenas de proyectos independientes (autorizados, pero sin apoyo económico). En total, más de 130 obras de características muy diversas, que se pueden encontrar en una esquina, el hall de la estación central de trenes, el lobby de un edificio de oficinas o sobre el Ayuntamiento, entre muchas otras locaciones, desde las 6.55 PM del sábado 3 hasta las 7 AM del día siguiente.
Por ejemplo, al desandar la calle Bay, centro financiero de Toronto, uno se topaba con una de las intervenciones más ruidosas. Wild Ride , de Shawna Dempesey y Lorri Millan, consistía en un pequeño parque de diversiones comandado por actores vestidos de yuppies, como irónico símbolo de las sacudidas de los mercados en la última crisis. Los juegos, las luces y el griterío entre torres de cristal y pesados logos de grandes bancos (uno de ellos, curiosamente, principal patrocinante de la noche) redondeaban una postal irrepetible.
Con mapa o iPhone
Dentro del centro comercial Eaton flotaba un conejo inflable del neoyorquino Jeff Koons mientras que un círculo de fantasmas cantaba a coro en la plaza Larry Sefton. En la terminal de ómnibus se había colocado un ring encerrado en una jaula sobre el que se medían veinte luchadores con los ojos vendados. Sobre el Ayuntamiento de la ciudad, un gigantesco cartel luminoso iba formando palabras de cuatro letras mientras que la gran estación central de trenes lucía espectral entre el humo y los anuncios surrealistas de una locutora por el sistema de sonido. Dentro de un supermercado, regularmente se oía el sonido y se veía la sombra de un avión que parecía impactar contra el local. Y los 553 metros de la Torre CN, un récord de altura e icono visible desde buena parte de la ciudad, se iluminaban como una disco psicodélica.
Así, siguiendo uno de los mapas-guía que la ciudad repartió gratuitamente o con una aplicación especial para el iPhone, se podía ir descubriendo en el lugar menos pensado la propuesta más curiosa; más interesante o menos lograda, pero siempre interactiva y ciertamente lúdica; a pie o en transporte público, que funcionó toda la noche, de manera extraordinaria.
Toronto, donde se suele cenar a eso de las 7 PM y donde los bares cierran a las 2 AM, pasó toda la noche en vela. Al día siguiente, sin embargo, era casi imposible descubrir siquiera un pedacito de papel o un trozo de cable sobre el asfalto que indicara que allí se había hecho una fiesta para un millón de invitados. Como al despertar de un sueño, aunque había pasado mucho parecía que no hubiera ocurrido nada.