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Juego democrático: el veredicto de la opinión

Los artículos reunidos en La política después de los partidos(Prometeo) analizan cómo las instituciones partidarias han ido perdiendo su función representativa. En este fragmento, Isidoro Cheresky reflexiona sobre el surgimiento de los liderazgos de popularidad

Juego democrático: el veredicto de la opiniónLa emergencia de nuevos liderazgos asociados a la expansión del espacio público merece ciertas precisiones.

El individuo/líder es más propicio (que las organizaciones) para una rápida adaptación a las situaciones cambiantes. Este principio adquiere relevancia cuando los individuos no se sienten ya atados a una pertenencia y, en consecuencia, dejan de ver a los líderes como emergentes de una fracción a la que adhieren ineluctablemente. La adhesión al líder es más directa y menos comprometida. Se expresa como opinión o como voto, pero no requiere participación. La identidad partidaria tenía antes una tradición de mayor formalización, suministraba una pertenencia relacionada con un programa, una tradición, ideales de los cuales eran depositarios una diversidad de individuos.

El vínculo con un líder personal no está desprovisto de significación, pero ésta se cristaliza en una imagen. De algún modo, existe una promesa, y seguramente una expectativa de coherencia con la imagen, pero no un programa en el sentido usual de la palabra.

El vínculo líder - ciudadanía evoca, sobre todo en los países de tradición populista, la relación líder/masa, pero en el contexto contemporáneo se trata de un vínculo de naturaleza distinta y, en cierto sentido, opuesto: a una configuración comunitarista se le opone una de tipo individualista. Los componentes opresivos de la relación populista clásica (que se vehiculizaban por una cadena de mandos políticos, de organizaciones de encuadre y de represión de los disidentes) aparecen debilitados del mismo modo que la vocación totalizadora de los movimientos pierde significación. El liderazgo de popularidad es, sobre todo, mediático.

Este poder ejercido a distancia provee enormes recursos a los líderes de popularidad y genera un espacio específico: el del estilo personal. No es que el líder populista no imprimiera sus rasgos de personalidad a la acción pública. Pero debe tenerse en cuenta, por una parte, que ella se trasuntaba en la estructura del movimiento, lo que en algún aspecto disimulaba, pero también condicionaba o alteraba la impronta del jefe. Por otra parte, los líderes de popularidad a los que nos referimos se instalan en el contexto de sociedades democráticas con expectativas de legalidad e institucionalidad, y más aún en el caso de sociedades con pasado populista intenso. El estilo personal, entonces, aparece asociado al arbitrio del líder, a la concentración del poder y a la ausencia de deliberación.

De modo que el líder de popularidad no es sólo el referente de legitimidad, aquel que ha sido legitimado para gobernar y relega implícitamente a un segundo plano a sus allegados, aun a aquellos que participan de responsabilidades representativas por el voto popular. Es también el que produce actos de gobierno soberanos. Sus decisiones combinan un sentido de la acción pública derivada de los resultados prácticos de la misma, con un estilo de decidir, anunciar y connotar que es tan importante como esos resultados prácticos, y que con frecuencia precipita otras consecuencias prácticas.

El ejercicio de poder concentrado, el decisionismo y el voluntarismo suelen tener apoyo ciudadano y reforzar la popularidad. En ciertos sectores puede existir un componente de subordinación autoritaria tradicional, pero lo dominante parece ser una expectativa más desencantada.

Con frecuencia, el líder de popularidad es visto como "el defensor del pueblo" ante los poderosos, los corruptos y las corporaciones. La popularidad del líder de popularidad suele ser el resultado de un balance implícito en que los ciudadanos privilegian aquello que les parece esencial y lo ponen en la perspectiva de la escena política en su conjunto. En cambio, el líder populista suele se tributario de sus actos populares y también del desmérito de sus adversarios.

Se percibe, pues, una fragilidad del liderazgo de popularidad que ha sido bien ilustrada en la historia argentina reciente. El ascenso y caída de líderes como Alfonsín y Menem, que encarnaron fuertemente un momento histórico, da toda la medida de lo acotado de la popularidad a la que nos referimos y permite distinguirla claramente del liderazgo populista.

Se hace necesario aclarar a qué aludimos con la expresión "líderes de popularidad". Los liderazgos de popularidad que vemos surgir en las sociedades contemporáneas, y en particular en la región, difieren de los liderazgos populistas del pasado, y no tan sólo porque emergen del voto ciudadano y se someten regularmente a la renovación de mandato, sino porque ejercen el poder en sociedades en las que rigen las libertades públicas.

El vínculo político del que derivan su poder es también sustancialmente distinto porque no conforman una "masa" de seguidores ni disponen generalmente de soportes corporativos leales, como era el caso de los líderes de antaño.

En lugar de sustentarse en la masa homogeneizada del pasado, se apoyan en una ciudadanía de expresión múltiple. Por cierto, lo común entre el pueblo populista de otrora y la ciudadanía contemporánea, al menos en su estadio de opinión pública, es la existencia de un vínculo directo con el líder, que en otros tiempos tenía la intensidad política provista por la experiencia de la reunión pública, hoy por hoy infrecuente o inexistente.

De modo que los contemporáneos líderes de popularidad no cuentan con seguidores imbuidos de la entrega hacia el líder carismático. Existe, por cierto, una identificación con la persona del líder, pero ella está sometida a la exposición permanente en el espacio público y a la puesta a prueba cotidiana de los sustentos de legitimidad, por lo que la ambivalencia del vínculo es más evidente que en otros casos. Es decir, el líder es preferido, pero hay otras figuras, e incluso la preferencia nacional puede coexistir con una preferencia política local que no sea homogénea o completamente compatible.

A veces, el líder expresa un reclamo postergado, con mayor frecuencia un rechazo, o más vagamente, un malestar social, y está llamado a suplir una vacancia en la representación.

Líderes de popularidad son, entonces, en primer lugar, aquellos que están sostenidos en la opinión pública por una relación directa con ella, que han ganado elecciones o son competitivos en ellas y cuyo poder proviene, en consecuencia, de esa fuente decisiva en las sociedades democráticas.

El personalismo político ha adquirido una nueva significación en el contexto de la crisis de representación. Nuevos o renovados líderes han podido darse un perfil que ha capturado las simpatías ciudadanas y han revalidado o reconstituido así las identidades políticas. Se han desarrollado en situaciones en las que los partidos tradicionales y sus dispositivos para la acción pública se han revelado inadecuados. Por ello, los líderes de popularidad, sean jefes formales de los partidos y coaliciones con las que compiten electoralmente o no, han subordinado a las estructuras. Su poder deriva de su crédito en la ciudadanía y no del control de recursos organizacionales, aunque éstos son un requisito para el acceso al poder y para gobernar.

Los liderazgos nacionales tienen una escena privilegiada de emergencia: la competencia en la carrera presidencial. Es a partir de ella que se configura la escena y un sistema de fuerzas políticas (o sistema de partidos) que suele variar de una elección para la otra. El debilitamiento de las identidades políticas tradicionales se ha mostrado propicio para que se produzcan realineamientos en torno de los candidatos principales. El presidencialismo, por lo tanto, ha sido un formato activador y renovador de la competencia política.

La expansión de los liderazgos de personalidad plantea problemas ciertos en cuanto a la evolución futura de los regímenes democráticos en Argentina y en América Latina. La desinstitucionalización alcanza no sólo a los partidos políticos, que se desagregan, y a las instancias representativas, que ven su rol disminuido, sino que con frecuencia alcanza también a la justicia y a las esferas administrativas del Estado. De este modo, la concentración de poder en el líder es creciente, dando cabida a la posibilidad de decisiones arbitrarias. A la debilidad o ausencia de un partido de pertenencia con pares a los cuales dar cuenta, se suma la debilidad de las instituciones de contralor administrativo o de las instancias judiciales.

Pero no se trata tan sólo de la omnipotencia de la función presidencial. La concentración de poder está generalmente acompañada de un empobrecimiento del debate público. El gobierno se ve poco incitado a exponer sus argumentos, tomar en cuenta las críticas y las reacciones ciudadanas, de modo que las decisiones no son maduradas en la deliberación. Los presidentes con concentración de poder suelen decidir por sorpresa y buscar adhesión ciudadana a sus actos de gobierno ulteriormente.

Al mismo tiempo, estos Presidentes con gran poder adolecen de una enorme debilidad, pues sus condiciones de emergencia son las de la "democracia inmediata". La ciudadanía evoluciona hacia una creciente autonomía, lo que quiere decir que sus identificaciones son cambiantes, y esto es así tanto para sus pertenencias corporativas o políticas como para su adhesión a líderes. Como se ha señalado precedentemente, un rasgo dominante de la evolución política contemporánea es el de la expansión del espacio público y el de la multiplicidad de voces virtuales y reales, que en él se cruzan y a las que finalmente los gobernantes no pueden sustraerse. De modo que estos líderes emergentes, estos Presidentes de poder concentrado, no pueden constituir estructuras de hegemonía en la medida que se hallan ellos mismos sometidos al veredicto de la opinión, que es el anticipo del veredicto electoral y, en ocasiones, también de estallidos de descontentos que pueden forzarlos a alejarse del poder prematuramente.

El desafío para las nuevas democracias y, para las antiguas probablemente también, es encontrar la manera de consolidar un marco institucional general que evite una excesiva concentración de poder y adaptar las instituciones representativas y políticas a la irreversible mutación que se ha producido en la vida pública de nuestras sociedades.

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