Los cinco extensos capítulos o ensayos (al no ser correlativos, pueden leerse independientemente) que forman La presencia del pasado , del historiador Enrique Krauze, atraviesan de lado a lado el denso entramado histórico, cultural y político de México, desde la Confederación Azteca hasta su incorporación a la modernidad bajo el positivismo autoritario de Porfirio Díaz, y lo interpreta a la luz de sus continuos cambios y transformaciones.
A pesar de su ostensible impronta erudita, la obra de Krauze puede leerse también como un itinerario turístico por el Paseo de la Reforma, ese espacio público y simbólico donde el México moderno dejó instalados, en estatuas y monumentos, los emblemas y atributos de una identidad al mismo tiempo nativa y española, desde Cristóbal Colón y los frailes Bartolomé de las Casas y Toribio de Benavente hasta el rey Carlos IV de Borbón, sin olvidar al último soberano azteca, Cuauthémoc, el heroico defensor de Tenochtitlán.
La presencia del pasado consiste entonces, principalmente, en una extensa galería de personajes políticos, literarios y artísticos, de revolucionarios y reaccionarios, europeístas y nacionalistas, de liberales y conservadores que, con sus obras y discursos, forjaron un cierto orden para la tumultuosa historia mexicana. Esa galería histórico-literaria, parece sugerir Krauze, articula toda la historia del país americano. Los hombres aquí retratados y sus obras representan un esfuerzo titánico por retomar esa tradición indígena, española y mestiza, por exaltarla o vilipendiarla, por proseguirla o abandonarla, de acuerdo con los programas de las cambiantes coyunturas históricas. Esos programas trataban de arrancar a México de la traumática experiencia de la Revolución de la Independencia (1810-1824) y de la trágica lucha por la liberación y la dignidad que representó la Guerra de la Reforma (1857-1867), en la que Benito Juárez (indio zapoteca redimido y convertido en el líder del liberalismo mexicano) combatió a la vez contra sus enemigos internos, contra la intervención francesa de Napoleón III y contra antiguos valores monárquicos representados por el soberano austríaco Maximiliano de Habsburgo.
La compleja tarea de estos hombres se expone y analiza en detalle: allí están, para nombrar sólo a los más destacados, el sabio alemán Alexander von Humboldt, los notables pensadores y políticos Lucas Alamán y José M. Luis Mora, el erudito Joaquín García Icazbalceta y el historiador Justo Sierra, cada uno con sus interrogantes ante la complejidad del panorama cultural mexicano y, a modo de respuesta, la tragedia intelectual y personal de cada uno de ellos.
Después de describir cómo fue construyéndose en el México de los siglos XVIII y XIX la memoria del pasado indígena, Krauze se ocupa de mostrar qué cambios experimentó la imagen del indio entre los pensadores mexicanos, y cómo esos cambios transformaron la valoración de la conquista española, en particular la de su líder, Hernán Cortés. En los dos últimos textos, el historiador analiza la herencia indígena transmitida por el mestizaje biológico y cultural y por las prácticas políticas de los antiguos soberanos aztecas y los virreyes españoles, que renacerían en el autoritarismo personalista de los gobiernos independientes.
La presencia del pasado nunca se aparta del propósito que explicita el autor en las primeras páginas: superar de una vez el México signado por "la discordia del pasado" y hacer posible con ello una "reconciliación" con aquel, propósito que puede considerarse común a casi todas las naciones iberoamericanas que, originadas como identidades históricas durante la conquista, la colonia y la liberación, todavía experimentan los efectos de ese desgarramiento.