La figura del general Tomás Guido merecía un libro tan completo y riguroso como el que ha escrito Hugo Raúl Galmarini, basado en un caudaloso conjunto de documentos originales y en una vasta bibliografía que contribuye a ubicar a aquel insigne argentino en la agitada época en que le tocó vivir. Sin duda, una obra que supera las 800 páginas no se lee en un rato, pero la intensa y notable trayectoria del biografiado, unida a la prosa clara y sencilla de que hace gala el autor, contribuyen a mantener vivo el interés desde el inicio hasta las páginas finales.
No se exagera al decir que Guido estuvo presente como observador atento y a la vez como actor eminente en los principales acontecimientos de la historia argentina, desde su juvenil actuación en las invasiones inglesas hasta pocos años antes de su muerte, cuando podía contemplar los logros alcanzados en más de medio siglo, pero también los amargos frutos de las luchas fratricidas y las consecuencias de graves errores políticos, en algunos de los cuales tuvo alguna responsabilidad.
Nacido el 1° de septiembre de 1788, ocupó un puesto burocrático en los últimos momentos de la administración colonial. En esos agitados días, preludio de otros por venir -asevera el autor-, empezó a conocer el sabor agridulce de la vida pública, los misterios de las logias y la ansiedad de las conspiraciones. Antes de Mayo tomó contacto con quienes serían hombres destacados del proceso revolucionario: Belgrano, Castelli, Vieytes, los Rodríguez Peña... Colaborador de Mariano Moreno en la secretaría del Primer Gobierno Patrio, cuando éste cayó en desgracia y fue designado para representar a la Junta ante las cortes de Portugal y Gran Bretaña, lo acompañó en el que sería su último viaje y asistió a su muerte en medio del océano.
Luego de permanecer un tiempo en Europa, Guido regresó a Buenos Aires, y su eficacia fue premiada con el nombramiento interino de secretario de Guerra. Por entonces, había arribado también un grupo de oficiales que venían a ofrecer sus espadas a la nueva causa, entre los que se contaba José de San Martín, de quien sería colaborador estrecho y amigo entrañable.
Galmarini se ocupa del modo como se produjo el acercamiento entre Guido y el futuro Libertador; de su activa participación en la Logia Lautaro, de su correspondencia con figuras políticas de primer orden antes y después de declarada la Independencia, hasta que el director supremo Juan Martín de Pueyrredón lo nombró su representante en Chile. Se hacía eco así de los pedidos del jefe del Ejército de los Andes y respondía a su deseo de contar con un emisario confiable y criterioso que hiciera de puente entre él y San Martín. El autor analiza el papel del joven político -que por entonces contrajo matrimonio con Pilar Spano- en el círculo íntimo del jefe del Ejército Argentino-Chileno, sus desinteligencias con el director Bernardo O Higgins y su acción, tras la decisiva batalla de Maipú, en pos de la concreción de la campaña libertadora del Perú.
Al proclamarse la independencia de este país, el Protector San Martín lo nombró secretario de Guerra y Marina y además consejero de Estado. Después de la entrevista con Bolívar en Guayaquil, tras producirse el retiro del Gran Capitán de la escena sudamericana, el general venezolano le confió el ministerio general y el gobierno de Lima. Pero Guido anhelaba regresar a su tierra y vivir alejado de las pasiones de partido. Sin embargo, cuando volvió en 1826, los sucesivos gobernantes lo llamarían para que brindase sus conocimientos y experiencia. Fue ministro, diplomático y legislador durante administraciones de distinto signo; sirvió, entre otros, a Rivadavia, Lavalle, Rosas y Urquiza, a los que aconsejó con agudeza e independencia. A raíz de ello, algunos lo calificaron de camaleón, y Sarmiento lo acusó de haber escalado mediante sus "cortesías en las antesalas de palacio".
Sin embargo, fue un auténtico patriota, un hombre que sirvió con sacrificios y renunciamientos a su país y defendió hasta sus días finales la idea de una América políticamente adulta, que consagrara "como principio sagrado e inviolable la inmunidad de las autoridades legales". No en vano sus cenizas, junto a las del general Juan Gregorio de las Heras, reposan a ambos lados de las de San Martín, en el mausoleo que la gratitud nacional le levantó en la Catedral de Buenos Aires.
Galmarini, merced al esfuerzo realmente excepcional plasmado en las páginas de este libro, recupera al ilustre soldado y político "del número de esos personajes oscurecidos" a que se refirió Clemente Fregeiro cuando, en 1882, escribió su "vindicación histórica de Guido".