LA BATALLA DEL CALENTAMIENTO
Por Marcelo Figueras-(Alfaguara)- 541 páginas- ($39)
En medio de una crisis existencial, Teo -un ex estudiante de Filosofía que tiene veintiocho años, mide 2,27 metros y trabajó durante un tiempo como ingeniero experto en demoliciones- decide pasar unos días en Río Negro, en 1984. Allí, luego de un encuentro muy particular en un bosque, se enamora de Pat, una mujer arisca y desconfiada. Ella vive cerca del pueblo de Santa Brígida junto con su hija Miranda, de cinco años, y se dedica a la elaboración de dulces. Teo se instala en la cabaña de Pat, que lo acepta como compañero sexual y socio en el negocio de los dulces. El gigantón entabla una cariñosa relación con la niña, pero a veces debe soportar el maltrato de la madre de ésta con mansedumbre.
Santa Brígida ofrece un rico muestrario de personajes y situaciones pintorescas. La señora Pachelbel, dueña de una dulcería, pinta en sus ratos libres y dice odiar a los niños. Dos hombres compiten por su amor: el doctor Dirigibus y el donjuanesco funcionario Puro Cava. El padre Collins asocia la oscuridad de una sala cinematográfica con la oscuridad de las catacumbas, el intendente Farfi padece un extraño síndrome y el albañil David Caleufú se caracteriza por una timidez casi patológica. De la colonia hippie sobresale Hugo Krieger Zapata que, en realidad, demuestra ser un acérrimo capitalista. Toda esta diversidad humana participa de la "fiesta comunal del revés" en la cual cada uno debe "convertirse en aquello que no era".
En La batalla del calentamiento (el título alude a una canción infantil y no a la ecología) abundan los diálogos que tratan de ser ocurrentes. Para disfrutar la lectura resulta fundamental sintonizar con el humor del escritor, cineasta y periodista Marcelo Figueras, autor de novelas como El muchacho peronista (1992) y Kamchatka (2003). Otro de sus recursos consiste en parodiar el estilo de las novelas antiguas con los encabezamientos de los capítulos y las numerosas apelaciones al lector ("Ahora podemos regresar a Pat ", "Habrá notado el lector "). Las frecuentes referencias al cine ("percibió la tensión, digna de Earps y Clantons en el O.K. Corral ") y a la literatura ("Moby Dick es un poroto al lado mío"), en lugar de describir el universo cultural de los personajes, también están utilizadas para obtener un efecto gracioso. Dentro de la vena cómica, se destacan el capítulo que relata la concepción de Teo y el fragmento que compara a sus ex novias con distintos tipos de explosivos.
Aunque el elenco incluye a un lobo que habla latín, no se equivoca el autor al decir que Miranda "es el corazón de esta historia". Su precocidad la inclina a los extremos: de un lado puede verse a una adorable niña sabia y del otro, a un monstruito sabelotodo. La chica habla como un adulto y tiene un oído tan sensible que le permite saber, por el tono de la voz, si una persona miente. Escucha canciones de rock en una radio portátil que funciona sin pilas, posee virtudes sanadoras y otras capacidades (como "convertir el puré en soufflé de chocolate") que el mismísimo Harry Potter envidiaría. Sus poderes se manifiestan de modo dramático cuando reacciona ante la cruel humillación que le inflige un compañero de escuela, en una escena que recuerda a la Carrie de Stephen King.
A lo largo de la novela Figueras busca transmitir un espíritu idealista y solidario. Su intención triunfa en uno de los capítulos finales del libro, pero en otros pasajes queda neutralizada por un exceso de retórica progresista. La actitud irascible de Pat se relaciona con el misterio del padre de Miranda y otra línea de la trama se orienta en ese sentido para crear un suspenso amenazante vinculado, de manera un poco previsible, al terrorismo de Estado de la última dictadura. Así se completan los ingredientes de La batalla del calentamiento . El neocostumbrismo de Santa Brígida, los episodios paranormales de Miranda y los horrores del Proceso forman una combinación ambiciosa, pero inestable. Algunos lectores se sentirán atraídos por esa propuesta, mientras que a otros les costará adaptarse a ella.