Lejos de los discursos y de los cruces irónicos por radio y TV. Lejos de los anuncios y de las trifulcas en el Congreso. Más lejos aún de los cálculos electorales. Hace más de una semana que la política argentina transita otros carriles: los del fascinante e imprevisible mundo virtual.
El aluvión WikiLeaks y nuestra versión criolla (siempre hay una versión criolla), la reveladora correspondencia electrónica de uno de los lobbistas de Ricardo Jaime, se convirtieron en la materia prima de casi todo el acontecer político nacional. Paradoja (o no), la realidad política se nutrió casi exclusivamente del sedimento más celosamente guardado en las entrañas del universo de la virtualidad.
El cierre de la primera semana de cablegate parece una buena instancia para analizar las razones de la extraña fascinación que el escándalo provoca aquí y en el mundo.
Algunas saltan enseguida a la vista. Tener acceso a más de un cuarto de millón de cables secretos del Departamento de Estado de la mayor potencia del universo era hasta hace días impensado. La filtración habla del presente y del futuro. Desnuda la imposibilidad de controlar lo que ocurre en la Red, tanto como lo que podría ocurrir. Es una ventana a la incertidumbre. Abierta de par en par. Pero la ingobernabilidad de la Red no es una certeza nueva. Tampoco es la primera vez que WikiLeaks deja al descubierto la fragilidad de los sistemas de seguridad informática.
Lo que sí es nuevo es que cualquier mortal pueda leer un informe reservado, sobre temas sensibles, escrito por diplomáticos y dirigido al Departamento de Estado del país más poderoso de la tierra mientras toma café en un bar o antes de irse a dormir. El impacto más crudo está en el acceso irrestricto a esas páginas en las que el "alto mundo" de la diplomacia y de la inteligencia estadounidenses quedan al desnudo.
Tan o más impactante es, para un argentino de a pie, ser de pronto testigo del lenguaje llano y cotidiano con el que la diplomacia estadounidense habla de los Kirchner, sus manejos, su salud y su carácter, de sus amigos y enemigos, de los ministros (perfiles de personalidad y hasta vicios incluidos), de la oposición y de los conflictos entre el Gobierno y los factores de poder.
La fascinación también se explica por una pérdida: la dosis de romanticismo que desde siempre rodeó al secreto de Estado se hizo añicos, ya no existe. Los cables filtrados, por lo menos los que se difundieron hasta ahora, están a años luz del modelo de mensaje encriptado e incomprensible al que nos había acostumbrado el discreto mundo de la diplomacia.
La aparición en cuenta gotas, como si se tratara de una antigua novela por entregas de Víctor Hugo, también aporta al encantamiento. Es una historia con un solo guionista y salas de exhibición contadas (los cinco medios a los que WikiLeaks entregó los documentos). El público, el mundo todo, está expectante, a merced de lo que decidan unos pocos. Y en el orden en el que quieran hacerlo. El éxito está garantizado. Sobre todo porque nada en esta historia es ficción.
Nadie está a salvo. La sensación de que la picota puede caer sobre cualquiera, y que no hay manera ni de saber quién y menos aún de evitarlo, deriva en una mezcla de adrenalina e incertidumbre que no podría ser más seductora.
En estas tierras, de la mano de la copiosa correspondencia de Manuel Vázquez, la fascinación se parece más al espanto. Cada nueva línea de los mails del asesor de Jaime que sale a la luz suma a la comprensión de cómo funcionó (¿y sigue funcionando?) el mundo de los negocios atados al poder en la era kirchnerista.
En este caso, más que el lenguaje cotidiano (esperable en un intercambio vía mail nunca destinado a trascender) impacta la impunidad que exudan las propuestas y exigencias de la mano derecha del ex secretario de Transporte.
Como con WikiLeaks, no hay grandes novedades en la correspondencia de Vázquez. De hecho, a Jaime se lo investiga por dádivas y por enriquecimiento ilícito desde que dejó la función pública. A nadie sorprende que pueda estar involucrado en manejos irregulares ligados a su gestión como mandamás del transporte. Lo que azora es poder ser testigos de cómo la corrupción, esa entidad inasible, se vuelve palpable: de repente tiene códigos, nombres, palabras, condiciones y hasta cifras.
Entre cables reservados que no debían trascender y correos electrónicos que la Justicia no debía descubrir. Allí se ubica la política argentina de estos días. Allí podría permanecer por un buen tiempo más.
Por Lucrecia Bullrich
De la Redacción de lanacion.com
En Twitter: @lbullrich