Keith Richards revela en su autobiografía su relación con Mick Jagger y la ambivalencia de los Stones ante sus rivales
PARIS ( El País ).- En las últimas semanas, desde que aparecieron en el Reino Unido sus memorias bajo el título de Life , Keith Richards (Dartford, 1943) se ha mostrado muy fiel a su personaje. Por momentos, el guitarrista de Rolling Stones, músico salvaje a quien ni siquiera han acabado por el momento de domar sus tres nietos, parecía tan pronto iracundo, como a ratos, encantador. Pero siempre directo, transparente, de vuelta de todo, llevándose todo por delante cuando hablaba de su turbia relación con las drogas, de su amistad con Mick Jagger. Así es que la pregunta que uno se hace cuando espera su turno en la antesala del hotel Meurice, en la capital francesa, 45 minutos antes de la hora pactada -aunque luego todo vaya con retraso- es cómo lo encontrará.
El músico entra en la lujosa habitación con vistas al Louvre y a la Torre Eiffel, tan pancho, acompañado de una copa de vodka con naranja en la mano y despreciando el agua que nos han servido. Llega con su foulard estampado de calaveras, haciendo gala de su imagen corsaria que le ha valido el papel de padre de Jack Sparrow en Piratas del Caribe , un elegante sombrero y sus anillos dignos de un legendario adepto al vudú en los dedos. El caso es que no decepciona.
Cuando uno lee esta descarnada y abundante autobiografía escrita a medias con su amigo James Fox -por la que dicen que ha cobrado casi cinco millones de euros-, espera encontrar la crudeza de Richards en relación con sus constantes bajadas al infierno. Pero también se lo ve subir a la Tierra y a veces tocar el cielo. Sobre todo cuando se trata de la familia: su madre, sus hijos, sus mujeres y sus nietos.
-Si le digo Doris, ¿qué viene a su memoria?
- La música. Ni siquiera madre: música. Encendía la radio y la música nos envolvía, si no sonaba nada en la casa, mis alarmas se disparaban. ¿Dónde está mamá? Luego es que había ido a hacer la compra, pero me inquietaba que no sonara la música.
-¿Y si le digo Brenda?
-Bueno, pues ése es Mick. Un mote de camerinos. No significa nada especial, son cosas de la trastienda. Como los soldados y las barricadas. Son bromas.
-Es que no me puedo imaginar a usted dirigiéndose a Mick Jagger diciéndole: Brenda, esto; Brenda, aquello.
- No, no, fue hace tiempo.
-¿Y cómo se lo ha tomado él?
-Bueno, leyó el libro. Se lo di antes de que apareciera. La única queja que tuve por su parte ¿sabe cuál fue? Que contara que había tenido un maestro de canto. Mira, no es nuevo, todo el mundo lo sabe, le dije.
-Y que tuvo otro de baile.
-Sí, está rodeado de entrenadores, por eso su camerino queda tan alejado del mío. Tiene otra manera de prepararse para salir a escena. Pero no me importa nada de eso, lo que de verdad me interesa es lo que la gente retenga del libro, no anécdotas que tengan que ver con buscar divisiones entre él y yo. Esas bromas no lo conseguirán.
-Puede que las bromas no, pero algunos pasajes sobre su amigo son crudos: "Padece el síndrome del solista"; "No formamos este grupo para apuñalarnos por la espalda"; "Cuando echas ácido, todo se corroe"
-Pero con esas anécdotas, un poco fuertes, uno piensa que no queda apenas nada auténtico de lo que fueron los Rolling Stones; que son más una empresa que un grupo de rock. Existe ese aspecto, pero a la hora de la verdad, en el momento en que estamos en nuestros camerinos y tenemos que saltar al escenario, estamos Mick, Charlie, Ronnie, yo, y a eso se reduce. Te une mucho exponerte ante decenas de miles de personas, es un intercambio de energía muy poderoso. Se abre la jaula y saltamos?
-¿Justo como lo contó Martin Scorsese en Shine a l ight ?
-No siento mariposas en el estómago, eso hace mucho tiempo que pasó. Pero me encuentro como un tigre enjaulado al que acaban de soltar, lo que probablemente es una variación de lo de las mariposas?
-Ustedes, lo que siempre quisieron ser fue millonarios. Nada de cambiar el mundo, como los Beatles.
-¿Y quién no? ¿Quién no quiere ser millonario? Nuestra dimensión se salió de madre muy rápidamente. Y nos dimos cuenta de que merecía la pena disponer de dinero para crecer. Cinco chicos que se meten en un negocio que aumenta y aumenta. Te planteas qué hacer con él, cómo invertirlo para superar tus propias barreras. El dinero tiene sus ventajas y sus desventajas. No te diría que podría vivir sin ello. No lo pienso, sencillamente. Soy un tipo generoso, si alguien me pide algo, lo presto sin pensar cuándo me lo va a devolver.
-En el libro, aparecen constantemente The Beatles. No sé si es algo consciente o inconsciente. Esas comparaciones, para usted, ¿qué significan?
-Desde nuestro punto de vista, todo era muy obvio. Cuando los escuchamos tocar en clubes antes de que se convirtieran en un fenómeno, para nosotros estaba claro algo: nos aliviaba saber que éramos la única banda inglesa que hacía cosas distintas. Sentimos también una afinidad por ellos. Aunque vinieran de Liverpool, y nosotros los miráramos despectivamente desde nuestro origen londinense.
-¿Como si fueran unos pueblerinos del Norte?
-Sí, pero eso también nos sirvió de aliciente. En el sentido de que veíamos que si unos chicos de Liverpool podían hacerlo, ¿cómo no íbamos a ser capaces nosotros, que vivíamos en Londres? Si ellos habían grabado un disco, ¿cómo nosotros no íbamos a conseguirlo? Meternos en un estudio y disfrutar de la oportunidad de explorar, trabajar y transformar lo que tocábamos en un disco. Grabar era el mayor deseo de cualquier banda. Sentíamos celos, pero también nos inspiraron.
-¿Qué aportaron ustedes a esa revolución moral y de las costumbres en los 60 con respecto a ellos?
-Para empezar, había una cuestión de imagen. Ellos aparecían con sus trajecillos, sus corbatas, repeinados, muy limpios. En Londres, nos propusimos ser más auténticos. Durante algunas semanas, intentamos lo de los trajes. Pero fue un fracaso: los perdíamos, los dejábamos por ahí. En cierto sentido, todo se convirtió en una especie de película del Oeste. Los Beatles eran los buenos? Pero, ¿qué sentido tiene que existan si no aparecen los malos?
-Quizás ustedes iban más allá a la hora de describir cierta desesperación en canciones, como "Mother's Little Helper", "Paint it Black" o "Satisfaction". "Sympathy for the Devil" tenía una clara intención de socavar la moral imperante...
-Queríamos provocar, destruir clichés y colocar el espejo real enfrente de la sociedad con canciones así. En los 60, ocurrían muchas cosas, debíamos reflejar un estado de ánimo, más en nuestro país. Veíamos que París experimentaba la locura, había energía por todos lados, pero sin dirección concreta, que nosotros utilizábamos para canciones, como "Street Fighting Man". ¿Cuál es el papel de un artista, aparte de reflejar lo que ocurre a su alrededor? Captar visiones, sentimientos? Es lo que han hecho toda la vida?