Aunque sea por unos segundos, hasta que el sello se hace oír sobre el pasaporte, hay una cuota de intranquilidad propia de estos lugares donde todo se observa. No importa si uno tiene los papeles en orden -pregunten en el aeropuerto de Barajas si eso evita el estrés-, la visa recién expedida y nada que ocultar. El tiempo se hace chicle ante los controles mínimos de rutina y las palabras expreso-de-medianoche surgen de golpe en algunos países muy lejanos.
La única frontera que parece amigable es la del propio país. Al menos, uno se olvida de la remota posibilidad de ser deportado por algo que no hizo. Puede ser demasiado amigable en algunos casos, hasta el punto de garantizar una buena anécdota.
Hace más de diez años, por ejemplo, en un viaje por el Noroeste, quise conocer Villazón, el pueblo fronterizo de Bolivia. El único inconveniente es que recorría la zona con una amiga que viajaba como el viento, sin documentos. Preguntamos directamente en Migraciones si era posible obtener un permiso, y nos derivaron a la comisaría. Allí fuimos. Hablamos con el comisario y nos dijo que no había problema, sólo necesitábamos una foto carnet. "¿Conoce algún lugar por acá donde tomarnos la foto?", le preguntamos. "Sí -respondió-. Sólo hay un local abierto y está en Villazón."
No era un chiste -nos costó dejar de sonreír mientras seguramente rodaban fardos por las calles desoladas del mediodía-, entonces volvimos a la carga: ¿Y cómo cruzamos la frontera para hacer ese trámite? "Digan que van a tomarse la foto y vuelven", indicó.
El valor de la palabra , pensamos. Todavía tiene peso en estos lugares... Pero volvimos a la frontera, dimos la versión del comisario y, por supuesto, no nos creyeron. Así que insistimos. Y como cinco minutos (ante una persona muy decidida como mi amiga) pueden ser una eternidad también para los gendarmes, nos dejaron pasar. "Sólo para tomarse una foto", advirtieron. Así conocimos Villazón y a las pocas horas volvimos a la frontera argentina, donde nos pidieron, claro, los documentos. "Salimos a tomar unas fotos", dijimos, sin más detalles. "Bueno, pasen."
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Hace dos meses pude ir a la Triple Frontera. Si había una zona limítrofe que tenía ganas de conocer era ésa, sin mayores motivaciones que saber cómo es esta región siempre demonizada, y a sabiendas de que unas pocas horas sólo dan una mirada fotográfica de los lugares. Pero aproveché una tarde libre en un viaje a Puerto Iguazú para pasar por Brasil y llegar hasta Ciudad del Este.
El primer paso fue cruzar a pie la frontera argentina. Después de Migraciones, nos subimos a un ómnibus local de la empresa El Práctico, que pasa cada media hora y te lleva directamente a Paraguay, por 5 pesos. Cada boleto tiene una frase célebre. A mí me tocó: La grandeza de un hombre se mide por la de los misterios que lo atormentan (?).
El ómnibus muestra Foz de Iguazú desde la ventana y, en menos de 40 minutos, llega hasta Ciudad del Este. No tenía intenciones de comprar nada, pero tanto insisten en las calles y galerías que algún electrónico te llevás casi de suvenir. En este caso, un teléfono celular con televisión, por US$ 39.
Es fácil de entender el movimiento: la mayoría de los visitantes son brasileños, en tours de compras. Para cruzar el Puente de la Amistad, lo mejor es hacerlo en mototaxi, porque los vehículos grandes se traban por los controles aduaneros. Si uno vuelve en ómnibus directo (no abre las puertas en Brasil), evita los trámites de Migraciones hasta la frontera argentina.
Tal vez lo más atractivo de las ciudades fronterizas es, justamente, que los límites son difusos. Cada una tiene sus rasgos culturales y los aromas cambian de acuerdo con las comidas, pero no son grandes las diferencias. Según la economía regional y el tipo de cambio, unos compran y otros venden, o algunos migran y otros regresan. En este caso, por dos fronteras y tres países, lo más reconocible es que las poblaciones se mezclan todos los días.
Aquí filmará su próxima película Kathryn Bigelow, ganadora del Oscar por Vivir al límite . La posibilidad causa revuelo. Si mantiene la línea de su film anterior (el guión vuelve a presentar una zona sin leyes ), todos los habitantes serán sospechosos y el turismo, al menos el extranjero, posiblemente disminuya. Por eso los tres países se unieron más que nunca, en contra de un proyecto que, aseguran, no simpatiza demasiado con las fronteras.
Publicado por Martín Wain / 28 de noviembre de 2010 / 0.22 AM